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Jornada de cielo y tierra
De SUMA (1938)
También incluido en el libro Constelación, Antología general, Editorial Stilcograf, Buenos Aires, 1959. Reeditado por Editorial Sarquís, Catamarca, 2006
Yo, el mismo de siempre,
pero cuánto camino quedó detrás de mí.
Como esta tierra soy,
que levanta sus cumbres para otearse a sí misma;
tan primitivo aún,
que el trigo que me nutre lo siembro con mis manos.
Posado en tierra de aire grande y sol manirroto,
tierra transida de sal, como de sudor o llanto,
(de sal, fría hermana del fuego)
vestida de puntas y filos al modo de los cardones
para resistir mejor cuando el cielo no le alcanza ni una sed de agua;
tierra donde la ubre y la fruta se hacen casi espina en la cabra y la algarroba,
(lejos, cerca, moviéndose con ardentía estéril de lava,
los médanos indomables!)
pero donde la más frágil varita de agua
hace saltar el milagro.
Aquí están los árboles con sus abanicos de alas.
El olivo que guarda en su fronda la primera palidez del alba
como si madrugara más que los otros
y cuyo fruto oscuro es vianda y es luz.
El álamo, con su alma surgente que riega la fiebre de la mía.
El algarrobo, tan áspero y antiguo como las montañas,
alargándome una sombra más cordial que los zaguanes.
Es cierto que este peñasco que se derrumba
ha esperado cien mil años para hacerlo y que yo lo vea;
y que esa águila color de roca
se arroja sobre el viento contrario para peinar sus alas.
Si aquí las ambiciones tienen la lerdura de los arados,
el río, el viento y mi pasión son armas arrojadizas como las boleadoras.
¡Muchachas de la tierra!
Finas curvas morenas de guitarra
y corazón de copla.
Carne de copla a quien la guitarra da alas,
cuando azahares y claveles revientan en la copla.
¡Y mi amor que socarra los lechos de hierba!
¿Quién sorprendió el instante en que el aire se convierte melodiosamente en alma?
Ya mi aislamiento es más populoso que la soledad del bosque.
Ya estoy sumergido hasta la cintura, hasta los sueños, en la naturaleza:
ella lasciva y floreciendo en pudores,
fresca y ardiente como una carrera,
con su higiene tan otra que ésa de las farmacias,
con su fuerza tan pura que parece nutrirse de rocío,
y el ritmo de sus ramas contagiando a las cunas y los lechos nupciales.
Pienso (y se enfrían los nidos) en el hombre de hoy,
el que se emporca las manos y el alma con ganancias
-manos y alma del color de los huesos que no visita el sol-,
el que cumple las mandas de los muertos y renuncia a las suyas:
estuprador de la Naturaleza, verdugo de sus puras criaturas de sangre
o de savia,
verdugo de su propio hijo que faja y encinta desde la cuna,
lo desalma y le pone en los hombros dos alas de papel…
Pero también en el hombre de ayer y de mañana pienso,
con sus sesos y testículos venerandos
y con su corazón que es púrpura del mundo;
sé que su porvenir en la palidez de lo ignoto rojea,
como en los trigales la amapola,
y que el prodigio se vuelve ya hacia él con ternura.
Sé que nada puede disminuir al mundo su cantidad eterna.
Yo vengo a decir otra vez
que, como cuando la vida era pura
y el espíritu ingenuo apenas tenía niebla,
Dios, que nunca estuvo en los bazares con incienso,
se mostrará de nuevo en el corazón del bosque y del hombre.
De nuevo el galope perfuma los senderos.
Mi potro color de hierro sacude el relincho
y tiemblan de claridad todos los vivos cristales de la mañana y el ansia.
tomado de La bodega del diablo
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